06 junio 2006

Publicado en "EL PAIS" el 5-6-006



Gloria Iglesias, con algunas de las personas que tiene acogidas en su casa.

"Nadie nos quería de vecinos. Ni siquiera la Iglesia. Me disgusté mucho porque soy muy creyente"
Él pesaba 40 kilos. Tenía 34 años, sida y neumonía. Ella, azafata de Iberia, se lo encontró un día en su casa, más muerto que vivo. Antonio y Gloria se conocieron hace seis años. Él era toxicómano y ella acababa de hipotecarse hasta las cejas para montar su propia casa de acogida para drogadictos. Es una de las historias de oro -acciones solidarias protagonizadas por gente anónima- que Cruz Roja ha empezado a recoger en www.historiasdeoro.org.
La casa está en pleno corazón de Madrid, justo detrás de la Gran Vía. Gloria Iglesias, de 55 años, abre la puerta vestida con el uniforme. Por las tardes trabaja en la T-4 de Barajas; el resto del día se dedica a arreglar seres humanos. No pertenece a ninguna organización. Ella es la ONG: Proyecto Gloria. "Siempre he tenido más energía de la que podía asimilar y muchas ganas de ayudar. Para mí es un don que tengo", explica.
Empezó a los 15 años trabajando con hijos de prostitutas y niños con síndrome de Down. Años después subió en uno de los trenes de la esperanza que viajan a Lourdes con enfermos. Iba en el vagón de los seropositivos. Al bajar, decidió que cuidaría a toxicómanos en su casa. Como en la suya no cabían, se puso a buscar una más grande. "Nadie quería tenernos de vecinos. Incluso la Iglesia me dijo que no. El arzobispado de Madrid alquilaba pisos en una casa que tenía en Manuel Becerra y me dijo literalmente que con este tipo de personas no querían vivir. Me disgusté mucho porque soy muy creyente. Después encontré otra casa", recuerda.
La de Gran Vía es su segunda casa de acogida. Paga 1.800 euros al mes de hipoteca. "Cuando llegamos, esto era una pocilga. Los chicos la levantaron entera: pintaron, hicieron el suelo, las tuberías. Un amigo carpintero nos hizo las camas. Una mujer se ofreció a limpiar la casa gratis. Cuando estaba realizando este proyecto, muchos me tacharon de loca, dejaron de llamarme. Afortunadamente, otras personas sí lo entendieron y ayudaron", dice Gloria.
En alguna ocasión, pensó en tirar la toalla. "Es el voluntariado más jodido. Es más bonito ayudar a niños, mujeres maltratadas. Todo el mundo quiere ayudar a esos colectivos, es lógico, pero nadie quiere oír hablar de los yonquis. Ellos me han enseñado qué es la tolerancia y la paciencia. Yo les he enseñado a convivir y sobre a todo a querer, que no tenían ni idea de qué era eso", añade.
"Ella sigue estrujándonos aun sabiendo que somos piedras", escribieron los chicos hace tres años cuando presentaron a Gloria (sin que ella lo supiera) al premio de Voluntaria del Año, que finalmente ganó. Son piedras, fantasmas, hasta que ella les encuentra, les pellizca y consigue que la vida vuelva a dolerles y a gustarles.
Como a Antonio. "Me lo trajeron muerto. Tardamos mucho en ponerlo en pie", recuerda Gloria. Antonio añade: "El médico del albergue donde estaba me dijo que me quedaban ocho días de vida y me sugirió que los pasara en una casa con otros toxicómanos. Gloria me obligó a comer, se empeñó en que viviera. Ver a alguien tan pendiente de mí me dio ganas de vivir".
Después, Gloria le enseñó a leer y a escribir. Un compañero de Iberia le dio clases de matemáticas; otro, de inglés. Y Antonio salió del bache.
"Gloria es como una madre, con sus charlas y sus broncas. Tiene un carácter muy fuerte, pero es porque pelea por nosotros. En ninguno de los centros en los que he estado me han vigilado tanto", dice Gerardo, de 40 años, que lleva un año en la casa sin tomar drogas.
Gloria ejerce de madre hasta las últimas consecuencias y eso incluye supervisar a las novias de sus acogidos. "Intento que me cuenten sus cosas. Les controlo. Sobre todo a los más jóvenes. Conozco a sus chicas para que no haya sorpresas", dice. En alguna ocasión ha tenido que traerse a alguno desde Las Barranquillas, el gran hipermercado de la droga de Madrid. "Cuando no sé dónde están, están allí. Intento convencerles de que están metiendo la pata y los traigo de vuelta. Hace bastante que no voy allí. Toquemos madera", concluye.

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